Función del duelo

En ninguna otra situación como en el duelo, el dolor producido es TOTAL: es un dolor biológico (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), social (duele la sociedad y su forma de ser), familiar (nos duele el dolor de otros) y espiritual (duele el alma). En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida en su conjunto, duele. J. Montoya Carraquilla

 El duelo es el proceso normal que sigue a la pérdida de lo inmensamente querido. No es una enfermedad, no es una patología. Forma parte integral del vínculo amoroso con el ausente.

  El objetivo último del duelo es el cambio de vínculo, del que teníamos antes a uno nuevo en el que no hay contacto sensorial; es transitar del profundo dolor al recuerdo agradecido. El reto de cualquier duelo es, cuando remite el dolor, encontrar nuevamente un sentido a nuestra vida.

  No elegimos las pérdidas, no se elige la muerte, pero sí que podemos elegir como vivimos ésta. Así el duelo tiene un aspecto activo en el que somos protagonistas ya que es una transformación dinámica que pone en juego los propios recursos de una forma especial y única. De esta forma, el duelo deja de ser algo que nos pasa para ser algo que nosotros hacemos.

 

LAS TAREAS DEL DUELO

 En el camino del duelo hay que tomar decisiones, vamos eligiendo continuamente la forma de recorrerlo y en este trayecto hay una serie de tareas que han de realizarse para conseguir una sana elaboración del mismo:

  Reconocer la realidad de la pérdida– nos obliga a aprender la lección de la pérdida a un nivel intensamente emocional como individuos y como sistema familiar. Aceptar que esa persona no va a regresar.

 Abrirse al dolor– permitirse sentir todo ese dolor, mirarlo, abrazarlo, expresarlo, no esconderlo o reprimirlo. Permitirnos también los momentos de tregua (sino sería como mirar fijamente al sol) ya que el duelo fluctúa entre el sentir y el hacer, la orientación a la pérdida y la orientación a la recuperación.

 Aprender a vivir sin esa persona– Todo lo que antes se hacía de forma compartida o lo realizaba la otra persona ahora ha cambiado y con ello, nuestras responsabilidades, costumbres…

 Revisar nuestro mundo de significados– La experiencia de la pérdida nos roba a nuestro ser querido pero también mina creencias y suposiciones que eran los pilares de nuestra filosofía de vida.

 Reconstruir la relación con lo que se ha perdido– la muerte transforma las relaciones, no les pone fin. De hecho, todo duelo es una relación amorosa.

 Reinventarnos a nosotros mismos– una parte nuestra muere y hemos de construir una nueva identidad, no solamente como individuos sino también en relación con los demás. La muerte deteriora los hilos de las conexiones que definen quienes somos.

 Encontrar de nuevo sentido a nuestra vida– volver a ocuparse de la vida y de los vivos y encontrar en el presente un sentido o propósito a nuestra vida, también es cierto que para transmutar un gran dolor es necesario encontrar un propósito o proyecto cuyo amor sea proporcional a la magnitud del dolor sufrido.

Bibliografía:

Sánchez Sánchez, E.J. (2001). La relación de ayuda en el duelo. Sal Terrae.

EL APEGO, LA PÉRDIDA Y LAS TAREAS DEL DUELO

 La teoría del apego de Bowlby nos ofrece una manera de conceptualizar la tendencia de los seres humanos a establecer fuertes lazos emocionales con otras personas y una manera de entender las fuertes reacciones emocionales que se producen cuando dichos lazos se ven amenazados o se rompen.

  Si la meta de la conducta de apego es mantener un lazo afectivo, las situaciones que ponen en peligro este lazo suscitan ciertas reacciones muy específicas. Cuanto mayor es el potencial de pérdida más intensas son estas reacciones y más variadas. “En dichas circunstancias, se activan las conductas de apego más poderosas: aferrarse, llorar, y quizás coaccionar mediante el enfado… cuando estas acciones son exitosas, se restablece el lazo, las actividades cesan y se alivian los estados de estrés y malestar”. (Bowlby). Si el

Peligro no desaparece sobrevendrá el rechazo, la apatía y el desespero.

  Todos los humanos sufren en mayor o menos medida el duelo por una pérdida. En cualquier sociedad de cualquier parte del mundo se produce un intento casi universal por recuperar el objeto perdido, y/o existe la creencia en una vida después de la muerte donde uno se puede volver a reunir con el ser querido.

Las cuatro tareas del duelo

 Tarea I: aceptar la realidad de la pérdida

 Cuando alguien muere, incluso si la muerte es esperada, siempre hay cierta sensación de que no es verdad. La primera tarea del duelo es afrontar plenamente la realidad de que la persona está muerta, que se ha marchado y no volverá. Parte de la aceptación de la realidad es asumir que el reencuentro es imposible, al menos en esta vida. La conducta de búsqueda, se relaciona directamente con el cumplimiento de esta tarea.

  Algunas personas no aceptan que la muerte es real y se quedan bloqueados en la primera tarea. La negación se puede practicar a varios niveles y tomar varias formas, pero la mayoría de las veces implica negar la realidad, el significado o la irreversibilidad de la pérdida:

 a) Negar la realidad de la pérdida puede variar en el grado, desde una ligera distorsión a un engaño total. Lo más probable que puede ocurrir es que la persona sufra “momificación”, es decir, que guarda posesiones del fallecido en un estado momificado, preparadas para usar cuando él/ella vuelva.

  Los padres que pierden a un hijo conservan la habitación tal como estaba antes de la muerte. Esto no es extraño a corto plazo pero se convierte en negación si continúa durante años. Un ejemplo de distorsión en vez de engaño sería la persona que ve al fallecido personificado en uno de sus hijos.

Este pensamiento distorsionado puede amortiguar la intensidad de la pérdida pero raramente es satisfactorio y, además dificulta la aceptación de la realidad de la pérdida.

b) Negar el significado de la pérdida. De esta manera, la pérdida se puede ver cómo menos significativa de lo que realmente es. Afirmaciones como “no era un buen padre”, “no estábamos tan unidos” o “no le echo de menos”. Algunas personas se deshacen de las ropas y otros artículos personales que les recuerdan el fallecido. Acabar con todos los recuerdos del fallecido es lo opuesto a la “momificación” y minimiza la pérdida. Es como si los supervivientes se protegieran a sí mismos mediante la ausencia de objetos que les hagan afrontar cara a cara la realidad de la pérdida.

  Otra manera de negar el significado pleno de la pérdida es practicar un “olvido selectivo”.

c) Negar que la muerte sea irreversible.

 Otra estrategia usada para negar la finitud de la muerte es el espiritismo. La esperanza de reunirse con la persona muerte es un sentimiento normal, sobre todo en los primeros días o semanas después de la pérdida. Sin embargo, la esperanza crónica de dicha reunión no es normal.

  Llegar a aceptar la realidad de la pérdida lleva tiempo porque implica no sólo una aceptación intelectual sino también emocional. La persona en duelo puede ser intelectualmente consciente de la finalidad de la pérdida mucho antes de que las emociones le permitan aceptar plenamente la información como verdadera. Es fácil creer que la persona amada y se recuerda que él/ella no está en el otro extremo. A muchos padres les costará meses decir: “mi hijo está muerto y nunca le volverá a tener”. La creencia y la incredulidad son intermitentes mientras se intenta resolver esta tarea: “A veces las personas en duelo parecen estar bajo la influencia de la realidad o se comportan como si aceptaran plenamente que el fallecido se ha ido; otras veces se comportan de manera irracional, bajo el dominio de la fantasía de una reencuentro final. En enfado se dirige el objeto perdido, al sí mismo, a otras personas que se cree que han causado la pérdida, al sí mismo, a otras personas que se cree que han causado la pérdida, e incluso a los benévolos que con buena intención le recuerdan que la realidad de la pérdida de la pérdida es una características omnipresente”. Krupp y otros, 1986.

  Aunque completar esta tarea plenamente lleva tiempo, los rituales tradicionales como el funeral ayudan a muchas personas a encaminarse hacia la aceptación. Los que no están presentes en el entierro pueden necesitar otras formas externas de validar la realidad de la muerte. La irrealidad es particularmente difícil en el caso de la muerte súbita, especialmente si el superviviente no ve el cuerpo del fallecido. Parece que soñar que el fallecido está vivo es, no sólo un deseo de que se haga realidad sino una manera que tiene la mente de validar la realidad de la muerte mediante el contraste intenso que se produce al despertar de dicho sueño.

 

Tarea II: Trabajar las emociones y el dolor de la pérdida

  Es apropiado usar la palabra alemana “Schmerz” cuando se habla del dolor porque su definición más amplia incluye el dolor físico literal que mucha gente experimenta y el dolor emocional y conductual asociado con la pérdida. Es necesario reconocer y trabajar este dolor o éste se manifestará mediante algunos síntomas u otras formas de conducta disfuncional. Cualquier cosa que permita evitar o suprimir de forma continua este dolor es probable que prolongue el curso del duelo. No todo el mundo experimenta el dolor con la misma intensidad ni lo que siente de la misma manera, pero es imposible perder a alguien a quien se ha estado profundamente vinculado sin experimentar cierto nivel de dolor.

  Puede haber una sutil interacción entre la sociedad y la persona en duelo que hace más difícil completar la tarea II. La sociedad puede esta incómoda con los sentimientos de estas personas y, por lo tanto, da el mensaje sutil: “no necesitas elaborarlo, sólo sientes pena por ti mismo”. Esto interfiere con las propias defensas de la persona, llevándole a negar la necesidad de elaborar los aspectos emocionales, expresándolo como “no necesito elaborar el duelo”. Abandonarse al dolor está estigmatizado como algo mórbido, insano y desmoralizador. Lo que se considera apropiado en un amigo que quiere bien a la persona en proceso de duelo es que la distraiga de su dolor.

  La negación de esta segunda tarea, de trabajar el dolor, es no sentir. La persona puede hacer un cortocircuito a la tarea II de muchas maneras, la más obvia es bloquear sus sentimientos y negar el dolor que está presente. A vees entorpecen el proceso evitando pensamientos dolorosos. Utilizan procedimientos de detención de pensamientos dolorosos. Utilizan procedimientos de detención de pensamientos para evitar sentir la disforia asociada con la pérdida. Algunas personas lo que les protegen de la incomodidad de los pensamientos desagradables. Idealizar al muerto, evitar las cosas que le recuerdan a él y usar alcohol o drogas son otras maneras en que la gente se abstiene de cumplir esta tarea

II.

  Algunas personas que no entienden la necesidad de experimentar el dolor de la pérdida intentan encontrar una cura geográfica. Viajan de un lugar a otro buscando cierto alivio a sus emociones, esto es lo opuesto a permitirse a sí mismos dar rienda suelta al dolor: sentirlo y saber que un día se pasará.

Tarea III: Adaptarse a un medio en el que el fallecido está ausente.

  Adaptarse a un nuevo medio significa cosas diferentes para personas diferentes, dependiendo de cómo era la relación con el fallecido y de los distintos roles que desempeñaba. Este darse cuenta muchas veces empieza alrededor de tres meses después de la pérdida e implica asumir vivir sola, educar a los hijos solos, enfrentarse a una casa vacía y manejar la economía sola, en el caso de una viuda.

  El superviviente no es consciente de todos los roles que desempeñaba el fallecido hasta algún tiempo después de la pérdida. Muchos supervivientes se resienten por tener que desarrollar nuevas habilidades y asumir roles que antes

Desempeñaban sus parejas.

  La estrategia de afrontamiento de redefinir la pérdida de manera que pueda redundar en beneficio del superviviente tiene que ver, muchas veces, con que se complete la tarea III de manera exitosa.

  La muerte les confronta también con el cuestionamiento que supone adaptarse a su propio sentido de sí mismos.

  El duelo puede suponer una regresión e intensa en la que las personas se perciben a sí mismas como inútiles, inútiles, inadecuadas, incapaces, infantiles, o personalmente en quiebra. Los intentos de cumplir con los roles del fallecido pueden fracasar y esto, a su vez, puede llevar a una mayor sensación de baja

Autoestima. Cuando ocurre se cuestiona la eficacia personal y la gente puede atribuir cualquier cambio al azar o al destino y no a su propia fuerza y habilidad.

 

Tarea IV: Recolocar emocionalmente al fallecido y continuar viviendo.

  Volkan ha sugerido que una persona en duelo nunca olvida del todo al fallecido al que tanto valoraba en vida y nunca rechaza totalmente su rememoración. Nunca podemos eliminar a aquellos que han estado cerca de nosotros, de nuestra propia historia, excepto mediante actos psíquicos que hieren nuestra propia identidad.

  Un punto de referencia de un duelo acabado es cuando la persona es capaz de pensar en el fallecido sin dolor. Siempre hay una sensación de tristeza cuando piensas en alguien que has querido y has perdido, pero es un tipo de tristeza diferente, no tiene la cualidad de sacudida que tenía previamente. Se puede pensar en el fallecido sin manifestaciones físicas como llanto intenso o sensación de opresión en el pecho. Además, el duelo acaba cuando una persona puede volver a invertir sus emociones en la vida y en los vivos.

Bibliografía:

Neimeyer, Robert. A, aprender de la perdida: una guía para afrontar el duelo; (2001).

 

 Por la elaboración del duelo se entiende la serie de procesos psicológicos , el trabajo psicológico que , comenzando con el impacto afectivo y cognitivo de la perdida, termina con la aceptación de la nueva en comportamientos el sufrimiento por la pérdida: el sujeto doliente, afligido, se encierra más o menos en sí mismo y las emociones que acompañan a la perdida.

 Y que toda la vida humana e incluso cualquier avance o desarrollo en cualquier campo se halla jalonado siempre de perdidas, se comprende la importancia crucial que los procesos de duelo tendrán para la estructuración de la personalidad y para la salud mental del individuo.

 Todas esas pérdidas o frustraciones, si se acompañan de si representación mental, si son percibidas a nivel consiente o inconsciente como tales, despiertan toda una serie de emociones y sentimientos que van desde la tristeza y el dolor a la rabia y la agresión; desde la protesta a la desesperanza.

  A pesar de la necesaria limitación, si bien el duelo se vive sobre todo como una experiencia individual, psicológica, psicosocial y psicobiologica, es también una realidad colectica, y una de gran importancia: en ella se reglan las relaciones de la humanidad con la perdida y, ante todo, con las trastornadora de las perdidas: la muerte. Por eso la dimensión social del duelo resulta una consideración ineluctable, aunque, a menudo, hoy nos parezca menos aparente, en ocasiones casi oculta.

Bibliografía:

Jorge L. Tizón
Perdida, pena, duelo. Vivencias, investigación y asistencia
Ediciones Paidós 2004

 

FUNCIONES DEL DUELO

Una de las funciones del duelo es aceptar la realidad de la pérdida  para protegerse de la realidad la persona puede:

1) Negar la realidad, desde una ligera distorsión a un engaño total

2) Negar el significado de la pérdida.

De esta forma, la pérdida se puede ver cómo menos significativa.

Algunas personas se deshacen de los artículos o ropas que le recuerdan.

3) Negar que la muerte es irreversible (ej. Espiritismo).

4) Practicar un “olvido selectivo”.

Aceptar la realidad de la pérdida supone una aceptación no sólo intelectual, sino también emocional.

Creencia e incredulidad son intermitentes

Los rituales, como el funeral, ayudan en la aceptación

Ayudar al superviviente a hablar de la pérdida y de las circunstancias que rodearon a la muerte:

¿Dónde ocurrió?, ¿Cómo ocurrió?, ¿Dónde estabas cuando te enteraste?, ¿Cómo fue el funeral?, ¿Qué se dijo de él?

OTRA FUNCION ES TRABAJAR LAS EMOCIONES Y EL DOLOR DE LA PÉRDIDA

° Reconocer y trabajar este dolor

° Permitirse dar rienda suelta al dolor: sentirlo y saber que un día pasará.

° Cualquier cosa que permita evitar o suprimir de forma continua este dolor es probable que prolongue el duelo.

° No todo el mundo experimenta el dolor con la misma intensidad, pero es imposible perder a alguien a quien se ha estado profundamente vinculado sin experimentar cierto nivel de dolor.

Las personas no suelen estar preparadas para afrontar la fuerza y naturaleza de las emociones que Surgen.

 La clase de dolor y su intensidad están mediadas por los “mediadores del duelo”:

‐Cómo era la persona

‐Naturaleza del apego

‐Manera de morir

‐Antecedentes históricos

‐Variables de personalidad

‐Variables sociales

‐Tensiones actuales

La sociedad hace

más difícil completar

 

ABANDONARSE AL DOLOR: CONSIDERADO COMO ALGO INSANO.

La negación es no sentir, lo cual se puede hacer de muchas maneras:

Evitando pensamientos dolorosos, idealizar al muerto, evitar las cosas que le recuerda a él o usar drogas o alcohol, cura geográfica, tendemos a concebir el dolor del etc.

El duelo en función de la tristeza y la disforia, asociados a la pérdida que hay q trabajar: angustia, ira, culpa y soledad son frecuentes.

Ayudar a identificar y manifestar estos sentimientos.

LA TERCERA FUNCIÓN ES ADAPTARSE A UN MEDIO EN EL QUE EL FALLECIDO ESTÁ AUSENTE

Existen tres áreas de adaptación que se deben abordar tras la pérdida:

1) Adaptaciones externas. Cómo influye la muerte en la actuación cotidiana de la persona. El superviviente no es

consciente de todos los roles que desempeñaba el fallecido hasta semanas después de la pérdida.

2) Adaptaciones internas: cómo influye la muerte en la imagen que la persona tiene de sí misma. Fundamentalmente, en la definición que hacen de sí mismas.

3) Adaptaciones espirituales: cómo influye la muerte en las creencias, los valores y los supuestos sobre el mundo que abriga la persona. No todas las pérdidas desafían nuestras creencias.

Algunas se ajustan a lo que esperamos.

Ayudar a la persona a asumir los roles a los que no está acostumbrada, desarrollar habilidades que nunca había tenido y seguir adelante con un nuevo sentido de sí mismas y del mundo.

 

 

 

CUARTA FUNCION RECOLOCAR EMOCIONALMENTE AL FALLECIDO Y CONTINUAR VIVIENDO.

Encontrar un lugar para el difunto que permita a la persona superviviente estar vinculada con él, pero de un modo que no le impida continuar viviendo.

Debemos encontrar maneras de recordar a los seres queridos que han fallecido llevándolos con nosotros, pero sin que ello

Nos  impida seguir viviendo.

“Nunca podemos eliminar a aquellos que han estado cerca de nosotros, de nuestra propia historia, excepto mediante actos psíquicos que hieren nuestra propia identidad” (Volkan, 1985)

La cuarta tarea se entorpece manteniendo el apego del pasado en vez de continuar formando otros nuevos, No ayudar

RECOLOCAR EMOCIONALMENTE AL FALLECIDO Y CONTINUAR VIVIENDO.

Encontrar un lugar para el difunto que permita a la persona superviviente estar vinculada con él, pero de un modo que no le impida continuar viviendo.

Debemos encontrar maneras de recordar a los seres queridos que han fallecido llevándolos con nosotros, pero sin que ello nos impida seguir viviendo.

“Nunca podemos eliminar a aquellos que han estado cerca de nosotros, de nuestra propia historia, excepto mediante actos psíquicos que hieren nuestra propia identidad” (Volkan, 1985)

La cuarta tarea se entorpece manteniendo el apego del pasado en vez de continuar formando otros nuevos,

No ayudar a la persona a “renunciar” al fallecido, sino a encontrar un lugar adecuado para él en su vida emocional, un lugar que le permita continuar viviendo de manera eficaz en el mundo.

MANIFESTACIONES DEL DUELO NORMAL

° Sentimientos

° Tristeza

° Enfado

° Culpa y autorreproche: real a irracional.

° Ansiedad

° Soledad: emocional y social.

° Fatiga

° Impotencia

° Shock

° Anhelo

° Sensación de emancipación.

° Alivio

SENSACIONES FÍSICAS

1. Vacío en el estómago

2. Opresión en el pecho

3. Opresión en la garganta

4. Hipersensibilidad al ruido

5. Sensación de despersonalización.

6. Falta de aire

7. Debilidad muscular.

8. Falta de energía

9. Sequedad de la boca.

 

COGNICIONES

° Incredulidad

° Confusión

° Preocupación

° Sentido de presencia

° Alucinaciones

 

CONDUCTAS

° Trastornos del sueño

° Trastornos alimentarios

° Conducta distraída

° Aislamiento social

° Soñar con el fallecido

° Evitar recordatorios del fallecido

° Buscar y llamar en voz alta

° Suspirar

° Hiperactividad desasosegada

° Llorar

° Visitar lugares o llevar consigo objetos que recuerden

° Atesorar objetos que le pertenecían.

 

Bibliografía:

APOYO AL PACIENTE TERMINAL Y AL AFAMILIA, ANA MARIA OSPINA VELAZCO EDITORIAL FACULTAD DE HUMANIDADES COLECCIÓN  SOCIEDAD Y DESARROLLO HUMANO, CALI, COLOMBIA, 2000.

 

 

 

La función subjetivante del duelo. Los aportes al psicoanálisis en seminarios, escritos y conceptualizaciones de Lacan justifican que hoy hablemos de una clínica lacaniana. La introducción de la variable del tiempo lógico atendiendo al tiempo del inconsciente y no al del reloj, las formalizaciones en torno a sus tres, real, simbólico e imaginario que luego situó en la topología del nudo borromeo, y lo que llamó su único invento –el objeto a– forjaron una transmisión con eficacias propias en la clínica.
En esta ocasión me voy a referir a los diferentes lugares donde Lacan hace alusión a la temática del duelo, retornando a “Duelo y melancolía”, para avanzar, tomar el guante desde donde Freud había llegado con los desarrollos de la metapsicología.
Lo que jerarquiza de entrada es que el duelo es primeramente una satisfacción, un requerimiento pulsional, en función de la insuficiencia estructural de elementos significantes para hacer frente al agujero creado en la existencia. Los tiempos lógicos de los duelos, sus aspectos estructurales, sus valores éticos y estéticos abordados en varios lugares nos permiten deducir consecuencias para la clínica.
Estas abrevan en los desarrollos que comienza a hacer a la altura del Seminario 6, El deseo y su interpretación; en el 7, La ética y en el 10, La angustia. Intentaré transmitir las ideas vertebrales de algunas de esas articulaciones.
En el primero de los seminarios citados se sirve de la tragedia de Hamlet –tragedia del deseo– y ubica la imposibilidad de comenzar a elaborar el duelo por la muerte del padre en un tiempo sin escansiones ya que la comida del funeral sirvió para los festines de la boda. Tiempos que apremian y sumergen al príncipe Hamlet en la desesperación, la locura y la alucinación.

En el seminario de La angustia, tanto ésta como el duelo le permiten avanzar acerca de el objeto a. Es también a la altura de este seminario que profundiza la estrecha relación entre el acting out con la función del duelo y la del pasaje al acto con el fantasma de suicidio. Frente a una pérdida, allí donde no opera la función del duelo proliferan los acting-out como efecto del mecanismo de renegación.
Con Lacan podemos decir que las consecuencias clínicas de los duelos detenidos en sus tiempos de elaboración comprenden además de la tristeza, la inhibición y la pérdida de la capacidad de amar también las variadas expresiones de los desajustes del deseo y sus rumbos extraviados manifestados por acting out, compulsiones diversas y pasajes al acto.
Las diferentes manifestaciones de los duelos nos anuncian, frecuentemente cómo operó esa falta originaria constitutiva, duelo fundante, llamado castración y con qué recursos simbólicos e imaginarios cuenta el sujeto frente a ese agujero en lo real que la pérdida ocasionó. Por eso en el libro Los tiempos del duelo1 hablábamos de la función subjetivante del duelo ya que cada duelo es la ocasión, la exquisita oportunidad a través de la recomposición significante que implican sus tiempos de elaboración, de recrear el lugar de la falta. Vaciarla del goce parasitario en que cada duelo sumerge al deudo. Esa función subjetivante permite el pasaje desde la acción como puro juego de repetición en un intento fallido de reinscribir la falta como es el caso del acting out a aquella acción que adquiere estatuto de acto, es decir comandada por el deseo.

La melancolía o la no función del objeto a. Esta función subjetivante del duelo, se ve dificultada en la melancolía. Como distinguía Freud en ella no se trata de a quién perdió el sujeto, sino qué perdió en esa pérdida. En la melancolía el desalojo estructural que padeció el sujeto en tiempos instituyentes convierte a la herida del duelo en mortífera. No opera la función del duelo, podemos decir que no sana la herida, producto del rechazo –no se trata de una renegación– de la pérdida, por no contar con la falta originaria precursora de lo que causa al sujeto.
A las características típicas de los duelos, en la melancolía se suma, como describía Freud, la disminución del amor propio o como traduce Etcheverry, la rebaja del sentimiento de sí. Podemos atribuir esa disminución del amor propio que se traduce en autorreproches y acusaciones, a una falla en la constitución narcisística. En el manuscrito G precisamente había definido la melancolía como un duelo por la pérdida de libido. Frase que alude a la ausencia de apetito propio de las anoréxicas melancólicas, en las que la sombra del pasaje al acto asola permanentemente.
Cuando al final del seminario sobre La angustia, Lacan habla de la melancolía y del ciclo manía-melancolía, describe que en este ciclo, a diferencia del que se cumple en el del duelo-deseo, no hay función de objeto a, sino identificación al a como desecho o resto. Por eso es tan frecuente que en el pasaje al acto súbitamente el sujeto se arroje despedido por una ventana. Manifestación de que la pulsión no ha sido procesada por el fantasma, y este fracasa como sostén del deseo. A lo mortífero de la pulsión, es a lo que se identifica el sujeto.

Cuando el pasaje al acto es suplantado por un fantasma de suicidio, desplegado muchas veces en el análisis, parece corresponder a la incipiente posibilidad de que el sujeto pueda faltarle al Otro –sin tener que desaparecer para ello–. El fantasma de suicidio, su enunciación, augura en ocasiones la construcción y atravesamiento de otros fantasmas en el análisis.
El vacío desgarrador con que en ocasiones consultan algunos pacientes melancólicos es un todo vacío, un lleno de vacío, la presencia de la Cosa sin velos ni mediatización significante. Es cuando la Cosa, lo real deviene sólido y no deja resquicio para que la falta opere. La dirección de la cura propicia a que el vacío opere en la estructura, constituya un elemento más entre otros e instale una lógica del no-todo, de la incompletud.
Hay un trabajo a hacer para deletrear el goce y que otros goces puedan manifestarse. Más allá del trabajo de elaboración, que el duelo cumpla su función, trae aparejado no sólo la sustitución del objeto perdido por otros objetos del mundo sino también una transformación de la posición fantasmática respecto del objeto. En ese punto donde el objeto no es sustituible, que la libido vuelva al yo y la falta al sujeto, auspicia un acontecimiento creativo, la posibilidad de inscribir un trazo nuevo.

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