¿Cómo aprendemos a sentir la muerte en nuestro contexto?

“Nos encontramos con una sociedad que, siendo mortal, rechaza la muerte” (Gómez, 2006, p.161)

 Sin duda,

El sentido de vida se construye como el sentido de pertenencia de la identidad, es decir, estoy vivo y esta vida es mía, lo trágico de apropiarse de esta vida es, que es necesario reconocer lo que lo identifica, o le pertenece igual puede desaparecer y no existe la posibilidad de encontrar la ocurrencia o no de este hecho; esa sensación conlleva necesariamente el sentido de la indefensión, el sentido del constante temor de privarse de algo que tiene. (Gómez, 2004, p.58)

Sin embargo: “Todos morimos y a partir de este principio irrefutable, es posible afirmar que no todos mueren ni imaginan la muerte de la misma forma” (Ciudad, 2005, p. 474). Dado que somos seres sociales e influyen diversos factores, obviamente las prácticas funerarias y la forma de ver la muerte varían según el lugar, tiempo, espacio y, por supuesto, las costumbres de las familias. Así, a pesar de que se tienen pocos hábitos y actitudes compartidas, a ninguna persona le gusta sufrir, sentirse angustiado ante una enfermedad y, mucho menos, experimentar esta tragedia, ya que, como dice Gómez (2006, p. 78):

La moderna civilización médica cosmopolita niega la necesidad de que el hombre acepte el dolor, la enfermedad y la muerte. La civilización médica está planificada y organizada para matar el dolor, eliminar la enfermedad y luchar contra la muerte. Esos nuevos objetivos que nunca antes habían sido líneas de conducta para la vida social.

En el momento actual está ampliamente reconocido que la experiencia y expresión de dolor afecta a todo el comportamiento humano, estando influido, como indica Bradley (1985), por variables genéticas, constitucionales, psicológicas, sociales y culturales “El dolor en cualquier momento y en cualquier sujeto, es mejor descrito como el producto interactivo de la combinación de las fuentes” (Buendía, p.81), es decir, que el dolor por un duelo puede ser mejor comprendido si nos acercamos a éste desde diferentes ámbitos, entre ellos, el del contexto social.

 Se puede afirmar que mientras exista actividad productiva del hombre, existirá cultura; claro que todo está envuelto por la sociedad, sus tradiciones, sus ideologías etcétera, y un gran ejemplo de ello, es la concepción de la muerte. Sin duda estamos influidos totalmente por lo cultural, ya que:

Cada sociedad no sólo significa la muerte en forma diferente sino que, además, con el trascurso de los años, cambia su propia concepción. La muerte es una realidad que el hombre aprende a través de su cultura, pero también de influencia de otras culturas, de sus propias vivencias y fundamentalmente, sin excepción, del paso del tiempo. El tiempo que modifica, amplía o reduce las creencias y las palabras que las expresan (Ciudad, 2005, p. 474)

Se puede ver claramente que la muerte, así como las prácticas funerarias de las sociedades humanas, con el paso del tiempo cambian, lo cual modula el comportamiento de cada pueblo; así mismo, intervienen diferentes factores que en su conjunto conforma cada cultura; llámense condiciones medioambientales, la tecnología, la evolución sociocultural y las construcciones ideológicas.

Los rituales mortuorios son aspectos importantes en la historia de los pueblos y expresan la manera de vivir, lo que indica que la muerte está en la naturaleza y por lo mismo en la cultura de los pueblos. Por ejemplo, 

Algunos pueblos de Mesoamérica tenían la costumbre de adorar bultos hechos con objetos sagrados colocados en altares familiares, en los que se guardaban los restos óseos de antepasados, los consagraban igual que a las representaciones de sus deidades y les prodigaban cultos familiares.(Machorro,1998).

También se han encontrado calaveras humanas adornadas con pedernales y conchas por ojos, y aunque aún no se sabe el significado exacto de estas calaveras, se supone que era una ofrenda a los señores de la muerte.

Además, podemos observar que, desde sus inicios, “la cultura mexicana ha mantenido una relación cercana y hasta reverente hacia la muerte, relación que con los tiempos se convirtió en un culto que llego a extenderse por muchos rincones y civilizaciones del México antiguo, entre ellos la de los mexicas. El culto a la muerte existe en México desde hace más de tres mil años, en él participan todos los sectores sociales del país y se va transformando para adaptarse al entorno correspondiente. Los antiguos pobladores de lo que hoy es la república mexicana concebían a la muerte como algo necesario y que le ocurre a todos los seres en la naturaleza. Tenían por seguro que los ciclos en la naturaleza como la noche y el día, la época de secas y lluvias eran el equivalente a la vida y la muerte”.

Sabemos que se comenzaron a representar a la vida y a la muerte en figuras humanas descarnadas por la mitad, mismas que simbolizaban la dualidad entre lo vivo y lo muerto, lo que llevamos dentro y fuera, la luna y el sol. Se puede decir que, entonces, cuando comienza un culto a la muerte, se extiende por todos los rincones del México antiguo y son devotos muchísimas culturas, como los mayas, zapotecos, mixtecos, totonacas y otras más.

Uno de los pueblos donde el culto a la muerte adquirió más fuerza, fue el de los mexicas o aztecas, considerado de los más aguerridos de que se tenga noticia, los que llevaron a los extremos la devoción a la muerte, lo que se puede constatar en el gran número de esculturas creadas y relacionadas con la muerte. Un ejemplo de ello, es que los aztecas pensaban que quienes morían accidentalmente o por enfermedades incurables iban directo a Tlalocán, que es como un paraíso terrenal, donde eran recibidos por Tláloc, donde pasaban la eternidad, disfrutando de esa estancia.

Todo esto nos dice que hubo un culto muy fuerte a la muerte entre los antiguos mexicanos, pero no hablamos de los mayas, los tarascos o los totonacos, que tan devotos fueron a la muerte.

Con respecto a la época de la Colonia, podemos decir que: “Para los cristianos españoles del siglo XVI, la muerte nunca era absoluta, porque el alma era inmortal” (Lomnitiz, 2006 p. 146). Así, aunque la colonización española logró disminuir el culto a la muerte, no lo elimina, a pesar de que  permaneció oculto hasta el siglo XIX, cuando volvió a surgir la devoción nuevamente.

Al entender de Lomnitz (2006), pos españoles observarán que:

Con los indios no existía ningún equivalente institucional de la iglesia católica que graduará o aplicará las prácticas religiosas. Las sociedades indígenas solo tenían un lenguaje y un libro sagrado que ayudaban a tener variaciones entre civilizaciones y de acuerdo a éstas realizaban sus prácticas funerarias (p. 146).

Vemos así que, según Rodríguez (2001):

La sociedad mexica integró la muerte en su ciclo como una circunstancia más del devenir: al morir; se renace, esta fue la idea básica y de ella se desprendió la concepción de permanencia; porque la muerte no marca el fin, al contrario, fue el eterno embrión, sin miedo a la fe y sin miedo a la muerte (p.21).

Esto sin la necesidad de una institución que reglamentara las prácticas religiosas.

Frente a esa cosmovisión de los pueblos indígenas, la visión occidental de la muerte está perfectamente integrada a un sistema de creencias religiosas sustentadas por la iglesia católica.

Sobre esto, Rodríguez (2001) dice:

Durante el largo proceso de cristianización de la muerte, la iglesia  fue reglamentando todo el ritual funerario y adquiriendo un papel muy destacado en éste, que abarca desde la enfermedad (agonía) al moribundo hasta los sufragios posteriores por su alma. Esto impuso una serie de actitudes frente a la muerte, que formaron parte de un complejo sistema de costumbres y creencias. La ideología cristiana va a variar, así como las ideas de inmortalidad, juicio final y resurrección de los cuerpos. El miedo al más allá se representaba con terribles tormentos para la vida eterna, por lo tanto es bueno obtener una buena muerte (p.39).

 

Conmemoración del día de los fieles difuntos

Su antecedente más remoto parece venir de Grecia y Roma. Philippe Aries dice que la fiesta consagrada a la redención de los difuntos tiene diferentes fechas. Finalmente Odilón de Cluny escoge, en 1048, el día dos de noviembre, después de la celebración a todos los que gozan en el cielo, es decir, después del día de todos los santos. No obstante, “su uso se extendió hasta después del siglo XIII a toda la iglesia latina” (Rodríguez, 2001, p.42).

Es importante resaltar que el uso de los días de muertos sirvió para movilizar la memoria histórica de los movimientos sociales y revitalizó la fiesta, al mismo tiempo que la transformaba como en lo familiar y las relaciones sociales.

Finalmente, apuntamos que la actual promoción oficial de los días de muertos se ve afectada en muchos círculos, en los que el surgimiento de la festividad, como una supuesta tradición “nacional”, se experimenta como imposición, como una tradición claramente inventada. Desde el punto de vista de nuestro contexto social, hoy parece que vivimos en una civilización que niega la muerte, con la cirugía plástica, prometiendo juventud eterna y la tecnología –sin demostrar- de congelar cuerpos, postulando que las personas pueden mantenerse suspendidas hasta la época en que se curen las enfermedades terminales. También está la sugerencia de que la vida podría mantenerse indefinidamente, reemplazando cada vez más órganos del cuerpo con aparatos mecánicos y, en algunos casos, han incluso declarado que el hecho de ser persona sólo lo define el cerebro y, así, si pudiera hacerse una copia completa de la actividad cerebral de una persona, ésta podría descargarse en un ordenador, confiriendo, en cierto sentido, la inmortalidad.

Para morir es necesario vivir, la muerte está enlazada con la vida y se complementan entre una y otra, todo es vida y la muerte es parte de ella. No es la existencia de la muerte, sino el huir de ella lo que nos distingue como seres humanos.

 

BIBLIOGRAFÍA

 Buendía, J. (1991). Psicología clínica y salud: desarrollos actuales. Murcia

 Ciudad Ruiz, A.; Ruiz, M. H.; Iglesias P.C., María, J. (2005)  Antropología de la eternidad. La muerte en la cultura maya. México, Universidad Nacional Autónoma de México

 Gómez P., J. (2004). Duelo y muerte. Bogotá. Universidad piloto de Colombia

 Gómez S. M. (2006) El hombre y el médico ante la muerte.  España, ARAN  

 Lomnitiz, C. (2006) Idea de la muerte en México.  México, Fondo de cultura económica

 Rodríguez, Á., Mra. (2001) Usos y costumbres funerarias en la nueva España.

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