La personalidad del adulto

En este apartado se hablará de cómo la personalidad del adulto va cambiando de acuerdo a los diferentes factores ambientales y biológicos que va teniendo durante el desarrollo de la misma, específicamente en el momento de vivir un duelo. Conforme a las experiencias que va adquiriendo a lo largo de la vida, comienza a formarse su temperamento, carácter, forma de ser, de actuar, expresar y sentir. Durante la infancia, adolescencia, juventud se van observando estos cambios en la personalidad, hasta llegar a la edad adulta, cuando ya es poco factible modificar lo que se adquirió en estas etapas.

Al respecto Kelly (1955) dice: “Este punto es un principio básico del estudio de la personalidad: si conocemos algo sobre otra persona, su pasado, presente y futuro se nos revelará en alguna medida; debido a que la personalidad es estable y la identidad personal no cambia fácilmente”  sin embargo, podemos agregar que cualquier variable propuesta debe ser verificada.

Los teóricos en la personalidad no niegan la influencia significativa de los diversos determinantes de la conducta; más bien, tratan con su efecto en la estructura y funcionamiento de la personalidad. Por tanto, se considera que el medio ambiente influye en la personalidad; los determinantes biológicos afectan el funcionamiento de la personalidad, y la herencia fija los límites del desarrollo de la personalidad.

 

La personalidad del adulto en contexto con el duelo

En realidad, el término personalidad se podría decir de muchas maneras, pero lo que en sí se quiere saber, es la esencia que en cada individuo va teniendo. La estructura de la personalidad, durante el paso de los años, es lo que nos va a permitir afrontar diferentes cuestiones en la vida; en este caso, en el que se habla de las pérdidas, se busca entender el cómo va cambiando  la manera de ser del adulto al tener que afrontar diferentes y drásticos cambios en su forma de vida, al ya no seguir siendo el mismo de siempre.

Resaltamos que el adulto, el niño, el adolescente sienten de manera diferente la pérdida de un ser querido y sufren el duelo también muy diferente.  Jiménez (2006) encontró lo siguiente: “Cada pérdida recrea una experiencia peculiar de duelo en un cierto momento, no sólo las características individuales de los deudos como personalidad o estrategias  de afrontamiento, pueden explicar una u otra respuesta. A primera vista, el ciclo natural de vida, es decir, a nivel biológico, de un ser administra un poderoso sentido al instante en que ocurre su muerte. De acuerdo con las etapas básicas de nacer, crecer, reproducirse, envejecer y morir, un adulto mayor o un anciano, así como un individuo débil o enfermo, en el conocimiento popular ha cumplido ya con gran parte del ciclo en la medida de sus posibilidades”.

Es por ello que la personalidad, en general, al sentirse fuera de sí, manifiesta conductas que no están del todo normales ya que al enfrentarse con una pérdida de un ser querido, comienza a tener cambios en cuanto a expresarse, en sus rutinas diarias, en la forma en la cual se viste, se alimenta, realiza sus actividades, etc.

En gran medida, como adultos estamos muy concentrados en lo que pasa día a día, pero casi nunca, o más bien nunca, nos ponemos a pensar del todo que sería de nosotros sin ese ser querido, que tanto nos complementa como personas, ¿qué pasaría si esa persona que nos complementa ya no la pudiéramos ver, tocar, escuchar? En automático, la conducta de la persona al sentirse vulnerable y frágil cambia activando mecanismos de defensa que le permitan aligerar un poco más lo que le está pasando.

Mc Clelland (1967) menciona: “Si miramos hacia atrás en épocas muy remotas, el hombre ha dirigido su atención hacía sí mismo en la búsqueda de una explicación de lo que sucede en el mundo exterior. Esto ha acontecido principalmente en tiempos de incertidumbre, de dolor y sufrimiento, de derrumbamiento material”.  Así, en el pensamiento griego, por lo menos en el tiempo de Sócrates y Platón, mediante el razonamiento se pretendía llegar al entendimiento y control de uno mismo, y esto, a su vez, indicaba el camino a la salvación de un estado moral a punto del colapso.

Hemos llegado a creer que como adultos somos ya capaces de entender muchas cosas, que nada nos puede flaquear; pero, al contrario, no siempre se está preparado para las diferentes cosas que se presentan, nunca se está lo suficientemente maduro para aceptar la pérdida de un ser querido; no resulta fácil para nadie, no obstante, la personalidad de cada individuo es la que va a establecer el cómo superar la perdida y vivir el duelo de la persona fallecida.

Al no sentir el control de nuestros sentimientos y emociones podemos entrar en un estado de pánico, de shock, donde no sabríamos que hacer y mucho menos como actuar. Y aunque, tal vez  la personalidad que un individuo tiene en particular se caracteriza porque se sabe expresar muy bien, afronta retos que se le presentan de la mejor manera, el día que tiene una pérdida familiar o de un ser muy querido no sabe ni qué decir; y, en cambio, el individuo que es reservado y poco expresivo, al tener este tipo de experiencia podría reaccionar de diferente manera, dejando ver sus emociones y sentimientos mucho más que cuando se está en un estado en calma.

Quizá lo que debemos de enfatizar es que, aunque pocas veces lo admitimos como adultos, la pérdida de un ser querido es algo latente casi todo el tiempo. Como ya se ha mencionado. Para Rando (1984), “la pérdida es una parte natural de nuestra existencia y puede ser categorizada en dos tipos: física o tangible y simbólica o psicosocial. La pérdida de un ser querido es una pérdida física. Ejemplos de una pérdida simbólica, incluyen un divorcio o pérdida de estatus por un despido. Se señala que el duelo es la expresión de un intenso dolor resultante de una pérdida real o imaginaria y que puede ocurrir con cualquier entidad con la que el individuo tiene un apego profundo o valora enormemente”.

Tomando en cuenta que al experimentar cada uno a su manera la pérdida y vivir el duelo, no significa que sentir tristeza, enojo, apatía, odio, sea algo que esté mal o que esté fuera de lo que se espera sentir en realidad, nadie sabe qué es lo que se va a experimentar en una situación;  así, que llore o sienta coraje ante la pérdida, no está mal, al contrario, son cierto tipo de reacciones que se pueden suscitar durante este proceso, en lo que la persona asimila la situación en la que se encuentra y comprende el por qué siente emociones diversas, que van de la tristeza al enojo.

Como una manera de explicar la dificultad de enfrentar los sentimiento de pérdida de los adultos, la teoría del apego se ha extendido “para incluir la respuesta del duelo de lo adultos que experimentan la muerte de un ser cercano… Bowlby (1982)  reconoció que, bajo ciertas circunstancias, el duelo adulto puede no llegar a una resolución saludable, sino a una enfermedad física o mental. Siguiendo el postulado teórico del apego, dice, aquellos individuos que en temprana edad no desarrollan un apego seguro podrían, ante una pérdida significativa, experimentar un duelo crónico. Esos individuos frecuentemente tienen rasgos de personalidad que los predisponen a apegos ansiosos o ambivalentes.

Desde otra perspectiva, y de acuerdo con la propuesta freudiana, podemos entender el proceso de duelo del adulto de la siguiente manera: cuando el individuo se percata de la ausencia definitiva del objeto amado, la libido debe liberarse de cualquier vínculo con éste; sin embargo, surge una natural oposición que permite al objeto perdido una “existencia psíquica” durante un período cercano a la pérdida. Freud (1996) dice que “lo normal es que el respeto a la realidad obtenga la victoria. Pero su mandato no puede ser llevado a cado inmediatamente, y sólo es realizado de un modo paulatino, con gran gasto de tiempo y energía de carga”.

Estas son sólo algunos acercamientos, ya que el tema es muy extenso como para definirlo de manera tan simple, pues los seres humanos somos demasiado complejos y cambiamos cuando estamos en situaciones distintas y con personas diferentes. Así, es necesario complementar esta visión con el enfoque social de los procesos de duelo.

 

BIBLIOGRAFÍA

Bowlby, J. (1982) La pérdida afectiva: tristeza y depresión. Madrid: Paidós.

Duane, P., Schultz, S. y Ellen S. (2002). Teorías de la personalidad. (7ma. Ed.). Cengage Learning. Editores.

Freud. S. (1996). Duelo y Melancolía. México. Biblioteca Nueve.

Jiménez. D. (2006). Experiencias en Duelo: Construcción y Narración. Universidad Nacional Autónoma de México.

Rando. T. (1984). Grief, dying and death: Clinical interventions for caregivers. Champaign. Research Press Company.

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