Factores psicosociales que afectan el cambio de personalidad

El medio ambiente en que vivimos exige a la sociedad y a los individuos de hoy en día, una preparación que les permita enfrentarse con éxito a las diversas situaciones de cambio que nos plantea el contexto social del mundo actual.

El reto del cambio exige al hombre respuestas inmediatas y continuas, especialmente en lo que se refiere a su postura frente a la vida y al trabajo, así como a la búsqueda de la congruencia entre el pensar, el sentir y el actuar, y sus formas de expresión.

Hay factores que van a influir en el desarrollo de la persona. Estos son tres sistemas que interactúan y regulan la naturaleza del desarrollo a lo largo de todo el ciclo vital, influyendo en el desarrollo individual que configurarán la personalidad del individuo, como son:

 

Factores normativos.

Influencias normativas de la edad. Son determinantes biológicos y ambientales relacionados con la edad cronológica. Son normativas porque, por lo general, se presentan en todos los miembros de una cultura. Por ejemplo:

Situación de carácter social – Jubilación – Nido vacío – Escolarización.

De carácter biológico: – Primera menstruación – Menopausia.

 

Factores normativos relacionados con la historia

Son acontecimientos y normas completamente generales, experimentados por una unidad cultural en conexión con el cambio biosocial. Son normativos si afectan a la mayoría de los miembros de una misma generación de forma similar. Por ejemplo:

- Depresiones económicas – Guerras – Epidemias – Cambios políticos importantes.

 

Factores no normativos en el desarrollo del ciclo vital

Se refieren a determinantes biológicos y ambientales que son significativos en su efecto sobre historias vitales, individuales pero no generales. Por ejemplo:

- Acontecimiento de salud de una persona – Cambio de trabajo – Muerte de un familiar cercano – Divorcio.

 

Otros factores son la variabilidad interindividual e intraindividual

Variabilidad interindividual: Hace referencia a que a medida que avanza la edad, las personas tienden a ser más heterogéneas en el funcionamiento psicológico, fisiológico o social.

Variabilidad intraindividual: Hace referencia a que los cambios que se producen con el paso del tiempo en una determinada conducta, capacidad, habilidad psicológica o fisiológica no predicen necesariamente cambios en otras características psicológicas o sistemas fisiológicos.

Ejemplo: “Una persona puede mostrar una pérdida de autonomía física importante, al mismo tiempo que mantiene unas habilidades cognitivas intactas” (Carretero, 1998).

Para la psicóloga Karen Horney, el hombre está formado por su medio el cual, al cambiar, transforma también al individuo. La cultura, las normas, costumbres y roles particulares de los grupos humanos influyen y dejan su marca sobre el hombre, por lo que la cultura genera una gran cantidad de ansiedad.

Así como para Carl Gustav Jung, el inconsciente colectivo es nuestra “herencia psíquica”, es el reservorio de nuestra experiencia como especie; un tipo de conocimiento con el que todos nacemos y compartimos. A partir de él, se establece una influencia sobre todas nuestras experiencias y comportamientos, especialmente los emocionales; pero sólo le conocemos indirectamente, viendo estas influencias (Cfr. Hothersall, 2005).

 

Repercusión psicosocial del duelo en la personalidad

Como ya sabemos, nuestra sociedad no cuenta con una educación o cultura bien definidas para saber afrontar pérdidas de cualquier tipo; tal parece que hemos aprendido a temerle a nuestros sentimientos y aún más a aquellos que se relacionan con el duelo.

Desde edad muy temprana se nos enseña a esconder nuestra forma de sentir y todo para sostener una postura de fortaleza ante la sociedad, se nos consuela con frase como “los hombres no lloran” ó “piensa que ya no sufre”, pero en vez de ayudarnos a sentirnos mejor, se nos reprime y así vamos creciendo; lo que se convierte en un problema al llegar a ser mayores, porque ahora sentimos miedo a expresar sentimientos para no ser juzgados socialmente (Cfr. Tovar, 2011).

En las circunstancias psicológicas, no es posible evitar los duelos y siempre las formas de reaccionar ante ellos varía. Un duelo o un grupo de duelos mal realizados, puede advertirse en cualquiera de las formas de psicopatología, así como puede hacer recaer al individuo en su psicopatología ya existente. En un enfoque psicosocial, la forma de trabajar los duelos y cambios psicosociales es un factor fundamental de nuestra adaptación al entorno. Por otro lado, existen situaciones que prácticamente en todos los seres humanos desencadenan duelos de cierta importancia, son las llamadas transiciones o crisis psicosociales.

La perspectiva social indica que la elaboración normal del duelo conduce a la reconstrucción del mundo interno. Para ello el luto que se ritualiza, es decir, hay una obligada permanencia de la persona en duelo en casa, estándole “socialmente prohibidas” diversiones, vestidos vistosos, etc., esto con la idea de que así podrá concentrarse en el trabajo interno del duelo.

Así, en las manifestaciones sociales y los procesos de duelo encontramos una triple función: expresarse al nivel de la sociedad de esos procesos, ayudar en el proceso psicológico del duelo (en donde surge la importancia de determinados ritos como los funerales) y comunicar del hecho a la comunidad, dando oportunidad a los vivos de unificarse con los muertos y allegados, preparándolos para nuevas relaciones a través de los actos sociales (Cfr. Tizón, 1998).

Cada avance del individuo, enlazará el paso de un grupo al otro, es decir, va de la muerta a una nueva integración, o sea, a un renacimiento. Este paso dependerá de la naturaleza del cambio, en cómo se produzca, en el cual habrá un cambio profundo de la actitud mental de la sociedad, produciéndose gradualmente, por lo que exige tiempo. Y es que la muerte física no basta para consumar la muerte en las conciencias; la imagen del que acaba de morir forma aun parte del sistema de cosas de este mundo y sólo se separa de él poco a poco, a través de una serie de rompimientos interiores. El muerto, es parte sustancial nuestra, con el que hemos participado en una misma vida social, la cual crea vínculos que no se rompen en un día; lo vivido es una recordatorio de imágenes, deseos y esperanza, que sólo poco a poco la aceptaremos y creeremos en la separación como en algo real.

Éste es el doloroso proceso psicológico, que sólo podrá encontrar una vida estable cuando la representación del muerto haya tomado, en la conciencia de los sobrevivientes, una forma concluyente y tranquila, lo cual requerirá tiempo. El individuo será incapaz, durante largo tiempo, tener conciencia de sí misma y de los fenómenos que constituyen su vida. La sociedad proyecta en el mundo que le rodea sus propias maneras de pensar y sentir y éste, a su vez, las fija, las regula y las limita en el tiempo (Cfr. Hertz, 1990).

La duración del proceso del duelo depende del tiempo que tarde el dolor intenso en transformarse en una leve tristeza. Si un duelo entra en una fase de estancamiento, ésta es prolongada y se obstaculiza, lo que hace que el duelo se torne en un proceso patológico del que sólo saldrá con ayuda especializada. Al compartir el episodio, éste perderá intensidad y dejará seguir a la persona con su vida (Cf. Behar, 2003).

Ahora bien, el que por la educación no aprendamos a expresar nuestro sentir, no quiere decir que no lo vivamos. En cualquier proceso de duelo, hay sentimientos que manifiestan el dolor psicoafectivo como son: tristeza, soledad, fatiga, impotencia, etc.; todas estas ayudan a la persona a unirse y reconocerse con otros; aunque la soledad, por ejemplo, lleva a la persona al aislamiento, pues lo hace sentirse protegido. De igual forma, la apatía y el desinterés por cosas cotidianas pudieran formar parte de este proceso y de la fatiga emocional.

Los anteriores sentimientos nos llevan a alterar nuestra vida psicosocial, pues no nos dejan relacionarnos sanamente y tampoco estar “en paz” mentalmente; veremos que las cogniciones, que son “los pensamientos que aparecen durante el duelo” (Castro 2007, p.119-120) como incredulidad, sobre todo al recibir la noticia, confusión, preocupación, alucinaciones, etc., pudieran llevar al doliente “a tener la sensación de que se está volviendo loco. Pero son normales al inicio del proceso… [sin embargo] debe prestarse atención si se prolongan y de ser así, es indispensable pedir ayuda” (Castro, 2007, p.119-120).

Además, otras conductas naturales del duelo son los trastornos de sueño, que son de lo más común, y se acompañan de serias dificultades para quedarse dormido o insomnios muy prolongados, que traerán consecuencias en nuestra vida social, afectiva y psíquica, presentándose así conductas distraídas, como olvidar datos sencillos: direcciones, nombres o, incluso, no poder reconocer rostros que antes de la pérdida nos eran familiares al 100%.

El dejar de comer es también una conducta típica, así como suspirar continuamente y en el caso de las mujeres desinterés por el sexo.

Todos estos factores son indispensables en un procedimiento de duelo; pues ayudan a la persona a reestructurarse en todos los aspectos de su vida y volver a la normalidad lo antes posible. Normalmente, estas conductas son parte de la realización de un duelo normal pero no se debe olvidar que éste es un proceso personal e individual.

 

BIBLIOGRAFÍA

Carretero, M. Palacios, J. y Marches,  A. (1998). Psicología Evolutiva: Adolescencia, Madurez y Senectud. Madrid, Alianza Editorial.

Hothersall, David. (2005).  Historia de la psicología.  Editorial Mc Graw Hill, México.

Tizón, G, J. (1998).  El duelo y las experiencias de pérdida. En: Vázquez Barquero, J. L. Psiquiatría en Atención Primaria. Ed. Grupo Aula Médica, S. A. Madrid.

Behar, D. (2003).  Un buen morir. Ed. Pax México, México.

Tovar, O.  (2011). Un duelo silente. Ed. Trillas. México.

Castro,  G, M. (2007).  Tanatología, la inteligencia emocional y el proceso de duelo. Ed. Trillas. México.

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